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ELECCIONES, de Antonio Orihuela

ELECCIONES de Antonio Orihuela

VOTA  A NADIE

porque

nadie es perfecto,
nadie te protegerá,
nadie te querrá,
nadie te dejará ser libre,
nadie se preocupará por ti,
nadie se movilizará por ti,
nadie legalizará la hierba,
nadie te ofrecerá una casa,
nadie te proporcionará trabajo,
nadie acabará con el precariado,
nadie te asegurará la educación,
nadie te garantizará una sanidad pública,
nadie se ocupará de tu futuro,
nadie te procurará una pensión,
nadie bajará los impuestos,
nadie aumentará tu salario,
nadie construirá tu futuro,

Ya sabes,
en las próximas elecciones:

VOTA A NADIE

¡Porque nadie cumple!

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QUERIDO DIARIO (Blog Campos de Fresa. Floklore, Poesía y Psicodelia)

Días extraños, felices pero un tanto automáticos. Tengo poco sosiego. El trabajo me ha seguido a las vacaciones y no se deja fulminar en una tarde, ni en dos. Como todos, a veces sueño. Una de estas noches fui a sacar a Leopoldo María de su encierro: yo era su hermano menor. El poeta no estaba preso en un psiquiátrico, sino en una cárcel. Mientras tomábamos una coca-cola, repasamos travesuras infantiles. Antes o después de aquello, pasé una hora muy grata, creo que despierto, con Carlos, y estuvimos recordando otras hazañas, verídicas ellas: cuando grabamos con una lima en la barandilla de la escalera metálica del colegio aquellas iniciales que nos parecían el summum de la rebelión: PSOE, PCE, CNT. Nuestras pintadas eran así: ‘Amnistía general’; ‘Libertad a los presos antifascistas’; todo rubricado con la A en su círculo mágico, anónima y pentagramática. Sueños heredados, vagamente frentepopulistas. En una de esas, el capo de los fachas del colegio nos hizo comparecer ante él y en presencia de sus matones nos preguntó, muy serio, si éramos cenetistas o faístas. No recuerdo que tuviéramos miedo. Dimos con la respuesta correcta, vete a saber cuál, y ahí se selló un acuerdo de vago respeto mutuo. El enemigo era otro: los profesores. Yo mismo, o sea. Procuraré recordarlo cuando redacte mi próxima amonestación.

http://todoal59.blogspot.com.es/2010/12/querido-diario.html

 

LUCES DE BOHEMIA, ESCENA SEXTA. HABLAN MAX ESTRELLA Y EL ANARQUISTA CATALÁN.

El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un
hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta.

MAX ESTRELLA, empujado y trompicando, rueda al fondo del calabozo. Se cierra de golpe la
puerta.
MAX: ¡Canallas! ¡Asalariados! ¡Cobardes!
VOZ FUERA: ¡Aún vas a llevar mancuerna!
MAX: ¡Esbirro!

Sale de la tiniebla el bulto del hombre morador del calabozo. Bajo la luz se le ve esposado, con la cara llena de sangre.

EL PRESO: ¡Buenas noches!
MAX: ¿No estoy solo?
EL PRESO: Así parece.
MAX: ¿Quién eres, compañero?
EL PRESO: Un paria.
MAX: ¿Catalán?
EL PRESO: De todas partes.
MAX: ¡Paria!… Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto.  Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora.
EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo.
MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes. (…)
MAX: Yo soy un poeta ciego.
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!… En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.
MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.
EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso solo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!
MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!
EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!
MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono
muerto, algunas veces, dos… Eso consuela.
EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen…
MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En
cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas,
procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva.
EL PRESO: Mi nombre es Mateo.(…)
MAX: Dame la mano.
EL PRESO: Estoy esposado.
MAX: ¿Eres joven? No puedo verte.
EL PRESO: Soy joven. Treinta años.
MAX: ¿De qué te acusan?
EL PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde… No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no sé qué jueces. Conozco la suerte que me espera: Cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso…
MAX: ¿Pues qué temes?
EL PRESO: Que se diviertan dándome tormento.
MAX: ¡Bárbaros!
EL PRESO: Hay que conocerlos.
MAX: Canallas. ¡Y esos son los que protestan de la leyenda negra!
EL PRESO: Por siete pesetas, al cruzar un lugar solitario, me sacarán la vida los que tienen a su cargo la defensa del pueblo. ¡Y a esto llaman justicia los ricos canallas! (…)

Se abre la puerta del calabozo, y EL LLAVERO, con jactancia de rufo, ordena al preso maniatado que le acompañe.

EL LLAVERO: Tú, catalán, ¡disponte!
EL PRESO: Estoy dispuesto.
EL LLAVERO: Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo.
El esposado, con resignada entereza, se acerca al ciego y le toca el hombro con la barba. Se
despide hablando a media voz.
EL PRESO: Llegó la mía… Creo que no volveremos a vernos…
MAX: ¡Es horrible!
EL PRESO: Van a matarme… ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla?
MAX: Lo que le manden.
EL PRESO: ¿Está usted llorando?
MAX: De impotencia y de rabia. Abracémonos, hermano.

Se abrazan. EL CARCELERO y el esposado salen. Vuelve a cerrarse la puerta. MAX ESTRELLA
tantea buscando la pared, y se sienta con las piernas cruzadas, en una actitud religiosa, de
meditación asiática. Exprime un gran dolor taciturno el bulto del poeta ciego. Llega de fuera
tumulto de voces y galopar de caballos.

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(SIGUE LA CONVERSACIÓN. CAMPO CERRADO, MAX AUB. “¿QUIÉN COÑO HA DE SER? ¡LA CNT, HOMBRE, LA CNT!”)

—Y la inteligencia humana, ¿qué?
—Para que se acaben las desigualdades, necesito bien poca inteligencia. Me lo pide el  cuerpo. ¿Oís? el cuerpo. Además no te niego que si nos pusiéramos a discutir acabarían convenciéndome.
—¿Entonces?
—Ahí está lo malo. Que me dejaría arrastrar por la letra, por la palabra, por la palabrería. Y  volvería a mi cuchitril muy convencidísimo de que el mundo está bien tal y como está, o de que  Dencás es un genio y que le debo de ir a poner los cirios a la Virgen del Pilar.
—¡Si yo no digo eso, puñeta!
—Tanto monta para el caso. Lo que importa es que me convences de una cosa que anda por los aires. Y lo que yo quiero, lo que me pide el cuerpo, el alma, si crees que la tengo, es lo que desean mis manos, lo que ansían mis dedos, mis brazos, mi pecho, mi tripa —y se da grandes palmadas en la panza—, mis cojones y mi cabeza, y la cabeza, y los brazos y las manos de los trabajadores. Y para realizarlo no necesito de ideas. Lo que me hace falta son armas, fuerza, poder. Lo que importa en la lucha es ganar. como sea.
—¡Sí, en eso estamos todos de acuerdo!
—Sí, pero os entretenéis en pensar en cien cosas: que hay que tener en cuenta esto y lo otro; ¡parecéis burgueses!
—Parecemos lo que somos.
—¡A mí no me importa lo que soy, sino lo que quiero ser! Y quiero el poder para el pueblo.
—Y para ti, ¿qué es el pueblo?
—¿Quién coño ha de ser? ¡Vaya salida de pipiolo! ¡La CNT, hombre, la CNT!”

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(CONVERSACIÓN EN UNA TABERNA ENTRE OBREROS SINDICALISTAS, ALGUNOS DE LA CNT. CAMPO CERRADO. MAX AUB.)

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 —Lo que  vale,  lo que  vale de  verdad, pero de  verdad, es  la  indisciplina,  la  voluntad  sin control  de  cada  individuo.  Lo  que  hay  es  que  cada  vez  que  se  han  afrontado  la  disciplina  y  la indisciplina  siempre  ha  vencido  la  disciplina.  ¡Espera!:  no  por  su  fuerza  intrínseca —el  hombre sabía hablar aunque era machacón—, sino porque la disciplina, ya sabes lo que quiero decir, traía más  fusiles, más  ametralladoras  o más  borregos. No  sé  si me  explico:  a  fuerzas  iguales,  gana siempre la indisciplina, siempre. Apuesto lo que quieras.

 —No se trata de apostar.

 —Déjame  en  paz.  La  indisciplina  es  la  suma  de  todos  los  esfuerzos  voluntarios, ¡voluntarios!, de  todos. La disciplina es una esquiladora mecánica. Fíjate en  la diferencia que ha de  haber  entre  un  hombre  que  quiere  luchar  con  otro  a  quien  obligan  a  ello. ¿Cómo  se  ha  de dudar un solo momento del resultado? Y si no, ya se vio en Sallent. ¡Pudimos con los civiles!

 —Sí, pero en cuanto mandaron  refuerzos, unos se  fueron al monte, otros a paseo, y os quedasteis solos.

 —Bueno ¿y qué? Ya eran ellos más. La disciplina mata los mejores impulsos, el deseo de luchar,  lo mejor  del  hombre,  las  raíces  con  las  cuales  uno  puede  entenderse  siempre  con  los demás.  Y  si  hay  que  morir,  quiero  morirme  como  me  dé  la  gana;  y  que  no  venga  zutano  o perengano  que,  porque  tenga  galones,  crea  poder  disponer  de  cómo  he  de  estirar  yo  la  pata. Cada uno ha de saber arreglárselas como pueda. Mi vida… Eso de la disciplina lo han inventado los políticos para poder salir en  los periódicos; es muy  fácil dirigir o preparar acciones desde  la cama. Eso se queda para  los  jefes socialistas. Si  tengo una pistola en  la mano moriré donde yo quiera. Y  lo demás son historias. Un responsable nuestro no  tiene más remedio que andar entre nosotros, donde se recogen las aceitunas, las negras, las verdes y las grises. Y hacer la faena de todos. Por eso son los más bragados. ¡A ver si los capitostes socialistas o comunistas se atreven a  tanto! ¿Ir a  la  cárcel?  ¡Valiente  cosa! Donde  se  conoce a  los hombres es  con un arma en  la mano.

 —Así acabarán con vosotros.

 —¡Ya saldrán otros!

Por  lo  general  todos  estaban  de  acuerdo  en  lo  fundamental,  que  era  considerar  a  los políticos  de  los  partidos  obreros  como  unos  farsantes  y  vividores.  Para  ellos  el  prototipo  del género era Largo Caballero, a quien tenían por vendido y cobarde.

 —¿Para qué  tantas vueltas —continuaba diciendo el Maquinista— cuando  las cosas son tan sencillas? Este tiene lo que el pueblo no tiene y sanseacabó… Si lo puedes tomar lo tomas, y si no, a freír espárragos. ¡Los discursos en el parlamento, para limpiarse el culo!